Pour les hispanophones, voici une des premières nouvelles que j’ai publiée il y a quelques années, dans le n°94 de la revue Brèves, traduite ici par Bruno Rogero San José. Qu’il en soit ici remercié.

Lo dejo a las once y diez.
Desde que lo decidí, me siento casi aliviado. Los coches bullen en el parking, los vecinos del cuarto se alumbran con velas pese a dos incendios, el octavo rezuma sangre de un asesinato y el conserje se comunica por un ojal que tiene abierto en la garganta.

Ya es hora de irse. Esta mañana, al salir, he cogido mi bolsa de la mesa del salón y he levantado la vista hacia una araña que había en la ventana. Hace un bordado estupendo.
Dicen que la «araña de la mañana trae penas», pero es la llegada de la llovizna lo que la tiene en danza tan temprano. Para quien no gusta de la lluvia, es la única mala noticia.
Para última hora, prevé buen tiempo. Ahora mismo, me da igual: lo dejo a las once y diez y no veré caer el calabobos. Pocas veces ha pasado que lloviera en Toulouse en junio. Por lo general, en esta época, las tormentas dan vueltas en torno a los cerros y los bloques de pisos, para acabar estallando más allá, en los pueblos limítrofes.

La tercera vez que llovió en esta época, yo ya vivía en Ramonville y llevaba en la empresa cinco años. El acoso había empezado y nadie de entre mis vecinos o cercanos sabía lo que yo estaba viviendo. Caminaba durante horas por las orillas del Canal de Mediodía para sudar mi calvario y los ansiolíticos. Necesitaba suficiente espacio entre los dos mares, de todo lo que tenía por sacar. La primera vez que quise que se acabara todo, Dios me envió una señal. Para mí solo. Al menos, me pareció ser el único que la oía. El ruido salía de debajo de mis pies. No el de la succión de mis pasos por la tierra mullida. No ese, sino otro aún más bajo, ni sordo ni ahogado.

No surgía de una caverna, de un subterráneo o de un subsuelo. Era claro y quejumbroso y, pese a su débil emisión, aprovechaba la reverberación de sonidos que rompe contra los edificios en torno al puerto St. Sauveur y las gabarras. Los escasos paseantes se apresuraban, ciñéndose los cortavientos, colorados y despeinados por el viento sudeste, con los ojos entornados para protegerse de las pelusas de los plátanos y de los álamos blancos. Tras largas semanas de lluvia, llegaba un mayo malo y alergénico por toda la cinta de agua entre Burdeos y Sète.

El ruido era un quejido.
Estaba sorprendido y chocado por el ligero frío, sin chaqueta, dispuesto a acortar mi paseo y volver a casa. Agucé el oído y busqué su origen con la mirada. No veía nada, pero provenía de las gabarras. Me apresuré en esa dirección y bajé la mirada hasta un bulto negro y rojizo que se debatía en las aguas, arañaba en balde la pared del canal para trepar, se caía de cansancio y gimoteaba para retrasar una muerte puntual y paciente.
Los pasajeros de las gabarras estaban ausentes o a resguardo en los compartimentos estancos. El mugido del viento se amplificaba contra los cascos de las embarcaciones y ningún ocupante parecía oír los gemidos del perro.

No disfruto con las delicias del baño y no me veía saltando al canal. Me acerqué a la orilla y llamé al animal, que se negó a dirigirse hacia mi mano. Rechazado, pero no desalentado, le llamé «chucho» y fui más abajo, donde la pendiente era más suave, me estiré boca abajo y esperé a que llegara a mi altura.
Unos minutos más tarde, el animal seguía debatiéndose contracorriente, pero acabó, con todo, a mi alcance. Volví a llamarle mientras tendía los dos brazos, más suavemente esta vez, y vi en sus ojos que no tenía más opción que la confianza. Mientras le sacaba del agua, me di cuenta de que él tenía mejores motivos para querer salvar su pellejo que yo para para que me gustara el mío.

Las once y diez me convencen.
Esa hora me pareció clarísima cuando dije «basta». Me vino a la mente y enseguida la repetí como un mantra. «La hora exacta» instruye al astrólogo; la «hora azul» salpica los cuerpos; «la hora de dormir» enarbola una partícula elemental; la «hora del fallecimiento» da de comer al médico forense, mientras que las once y diez… las once y diez… las once y diez…

Las diez y diez no podía ser, me habría quedado sin el descanso y me gusta tomarme un café con la gente del tercero. Los tíos de mi planta no se tomaron muy bien que empezara a bajar y no exageraré si afirmo que consideraron en ese momento que yo me desolidarizaba del grupo yendo a descansar con los otros. En mi descargo diré que no es mi culpa si me entiendo mejor con los del servicio de informática. Los de mantenimiento son más bien paletos, no consigo integrarme. Cécile se burla de mí cuando se lo cuento, con esa frase que me hace daño (a veces hasta sangre, si vuelvo a morderme las uñas): «¡Aurélien, eres un autista incorregible, por eso elegiste la profesión de ingeniero!».

Ella fue la razón de que aceptara vivir en nuestro actual piso. Yo soñaba con algo un poco distinto, antes de conocernos.
Cuando imaginé mi futura casa, al salir de la cárcel pija de mi madre, tuve primero que renunciar a la idea de vivir en un árbol. Incompatible con una trivial necesidad de eguridad y comodidad.
Y eso que yo era el Huck Finn de Tom Sawyer, el compañero de Robin Hood, la madre adoptiva de Tarzán, el … el …
Total, que dejé mi sueño arborícola.

Después, soñé con un huerto salvaje, un vergel abandonado y un corral espontáneo de gallinas fugitivas que me evitarían, así, tener que frecuentar la ciudad. Mis necesidades serían simples para evitarme el castigo de limpiar la cocina, que sería como las de aquellos aragoneses aislados en un flanco de la montaña, con una chimenea central como cocina y estufa. Tendría la habitación rápidamente amueblada con una vieja sábana rellena de hojas y planes para producir electricidad con una rueda de paletas; una pequeña zona de higiene y un salón, por supuesto, con un escritorio y unos estantes para mi papel y mis libros. Por último, una cerradura y una llave. Una vez todo esto acabado, metería la llave en mi mochila y me echaría al camino como los personajes de Kerouac, Bouvier o London.

Pero rápidamente conocí a Cécile en la fiesta de una celestina y acabé en este piso cuya altura promete evasiones imposibles y me deja suspirar por encima de las copas de los árboles.
Nunca sé exactamente mi horario de la semana, ni siquiera justo antes. Con el móvil de la empresa, pueden contactar conmigo y llevarme a galeras en todo momento. Probé una vez a apagarlo durante un fin de semana, sólo para dedicarnos tiempo a Cécile y a mí… Tras la reunión del lunes, vomité sus amenazas en el WC de mi planta y nunca he vuelto a probarlo. ¿Será que no los tengo bien puestos? La respuesta ya me da igual.
Cada mes, Recursos Humanos promete despedirme porque las evaluaciones internas demuestran mi falta de productividad. Soy ingeniero, no comercial, no sé conseguir contratos…

De eso se dieron cuenta en la última formación. Nos apuntaron a todos por defecto y la semana de vacaciones planeada con mi mujer la pasé en Châteauroux –que es como decir a tomar por saco de Ramonville– en una casa de campo modernizada por un arribista donde se desarrollaban puntualmente sesiones de airsoft. Es como el paintball, pero peor. En lugar de recibir gelatina o pintura, te calzaban ráfagas de bolitas de plástico de 8 mm salidas de réplicas de armas cortas. Yo no quise disparar sobre un compañero de trabajo. Lo tenía bien a tiro, pero si me clasificaron como mentalmente apto en la mili no fue por tirar de gatillo en el trabajo. Quiero decir ¡maldita sea, no son balas de verdad, pero sí que pueden herir…! Además, va contra mis principios. Total, que esta gentuza se cargó mi paga extra de Navidad a raíz de eso. Me he informado y es ilegal, pero el presidente come cada tres meses con uno de los inspectores de trabajo, ¿no es de coña?
Desde la formación, me llaman Snoopy. François, no; él, no… a él le caigo bien…
pero tampoco me defiende cuando los demás me insultan. Tiene cinco hijos, el pobre, le entiendo… bueno, creo…

Conectamos bien, él y yo, unas semanas después de que yo entrara en la empresa. No le presté mucha atención, al principio. No es alguien que se haga notar. Cuando está en su puesto, se puede describir el mobiliario que hay a su alrededor, contar los bolis de su portalápices o incluso precisar que escribe sobre un escritorio de auténtico cuero marroquí, pero lanzo a cualquiera el desafío de detallar la ropa que lleva tal día o recordar de qué color son sus ojos una vez que ha salido de la oficina. Después de una reunión, un lunes, entré en una letrina y se había olvidado de echar el pestillo.La tapa estaba bajada y él se entregaba con hilo y aguja a unos retales de tela. Me miró con una sonrisa de pobre diablo y desde entonces se da esa complicidad entre nosotros. No termino de irme de la empresa. No es sólo por mis créditos. Vale, no he ahorrado nada, pero no es eso lo que más me lo impide… no tengo tiempo, en realidad… vuelvo cada vez más tarde y, en la oficina, estos mafiosos nos han metido un chivato. Pagan a un becario por vigilar lo que hacemos en Internet. Sé que leen nuestros e-mails. No tienen derecho a hacerlo, pero ¿quién va a quejarse? Hacen lo que quieren. Llevo allí cinco años y los montones de currículums que llegan al director son disuasivos. Y si, pese a todo, yo consiguiera una entrevista, ¿con qué discurso voy ante el de Recursos Humanos? «Buenos días. Me voy de mi empresa porque nos prostituyen como ustedes; ¡nosotros vendemos nuestras almas y ustedes se follan nuestros esqueletos!». Los cinco años que he pasado aquí tienen que quedar reflejados en el currículum para que no quede un hueco en medio, así que contactarán con mi jefe…

Cécile no gana suficiente para que yo deje el trabajo. Con un solo sueldo, no aguantaremos… No encuentro la salida… Pero ayer, ayer era lunes y, durante su reunión para hacer el canelo en el décimo, estaba hipnotizado por la ventana. Estaba escrito no abrir las ventanas salvo en caso de extrema urgencia y era superior a mis fuerzas, no podía parar de pensar que, me cago en diez, el mío sí que era un caso de urgencia. Dijeron en la reunión que me iban a enviar a un nuevo despacho. Es el 7B, en el subsuelo. Ninguna ventana y un solo fluorescente en el techo… No voy a ir… No tengo nada que reprocharme, no tienen derecho a castigarme. Quieren que se me vaya la olla y sea yo el que se vaya, pero ¡no cederé! Me obligan a redactar informes sin parar desde hace tres meses, tengo que comprobar los almacenes de suministros o chorradas por el estilo. Aparte, me reservan todas las guardias de noche y de fin de semana. El teléfono suena a cualquiera hora, las máquinas se averían en todo momento y hay que ir al instante. Desde el jueves, me obligan a ocuparme, incluso, del trabajo del WC.

Las diez y veinte.
El descanso estaba siendo casi agradable hoy; François ha venido conmigo por primera vez. ¡A los demás no ha debido de gustarles! Es el segundo mindundi que baja al tercero para tomarse el café. En esta empresa, a eso se le considera un principio de insurrección. Todo el mundo acabará sabiendo lo de que trabajo en el peor departamento de la empresa.

Las once y cuatro.

He salido del subsuelo. Sonrío como un bendito, el ascensor sube al piso de mi departamento. Siento lo mismo que al esquiar en la posición del huevo, en aquellas vacaciones de ski en Valfréjus, en el noventa y tres; me sitúo exactamente por encima de oda contingencia y por debajo del ventrículo izquierdo de mi corazón de miedoso, pero bien, relativamente bien.
Me he quitado la corbata.

Hay un olor a incienso más bien agradable al abrirse las puertas. Creo que es el perfume que usa una de las becarias. El mismo que flotaba en la iglesia a la que iba con mis padres. Los participantes se recogían durante los sermones y yo era un niño de cara pálida y grave que resollaba junto a mi madre. A veces, me aparecía un círculo amoratado en el flanco izquierdo. La camisa copiosamente almidonada por mi nanny disimulaba mi secreto. Se apenaba y me daba un beso mientras la abotonaba. Mamá, para la ocasión, llevaba siempre un vestido gris perla. Algunas filas estaban invariablemente vacías. Más allá, a la derecha, un anciano estaba sentado y aliviaba la pierna poniendo el talón sobre un reposapiés improvisado con chales. Todos los fieles llevaban la ropa de los domingos, salvo el mendigo de la entrada, que roncaba desmayado sobre su culo. El mismo que en todas las iglesias, en la misma postura. Como una proyección de las vidrieras sujeta a ellas, la luz de las diez realzaba las motas de polvo y nimbaba el agnosticismo de un corista enamorado de Monteverdi, la fe vacilante de una doncella y la piedad de un enfermo con el muslo cruelmente inflamado.

Yo me sonaba los mocos y respiraba a pleno pulmón las resinas perfumadas y me decía que sólo Dios puedes tirarse pedos que huelen bien. A día de hoy, aún lo pienso. El pasillo de mi departamento es largo, con paredes grises, y las baldosas imitan un parqué. Camino erguido y hacia adelante, a la misma velocidad que junto al canal y pienso en mi padre: jubilado, hace proyectos, habla de retirarse a Marruecos o Irlanda.
Se le ve motivado y no aparenta su edad: «los jóvenes de sesenta años siguen siendo niñatos». Anda dos horas cada mañana con ese perro sarnoso que no es suyo y se plantea pasar al footing diario, primero diez minutos y luego subir rápidamente, tiene energía para dar y regalar… Lee para gente mayor, categoría de la que se excluye con sus formas insolentes, da clases de teatro a un puñado de adolescentes y piensa en abrir un blog en Internet (no importa que no sepa lo que es, a sus hijos parece encantarles tal práctica). Acabo de regalarle un portátil.

Está tan preparado para lo que vendrá después. No lo espera, pero sabe qué es porque ha leído todos los libros de teología, ha visto tantos programas sobre el tema. Pese a sus convicciones, lo esencial es no tener miedo. Bueno, no sabe… La prioridad quizá sea no volverse a dormir, se pierde tanto tiempo… Qué irritante es, me imagino, amodorrarse como un viejo delante de la tele o después de las comidas cuando los demás están ocupados viviendo.

Hace unas semanas, se enteró con retraso de la muerte de su amigo de la infancia; se llevaban dos meses de diferencia. Creo que pensó inmediatamente en su sobriedad, sus ahorros, sus pequeños gastos y sus modestos pecados, mientras que él mismo era el calavera, el bebedor y el vividor. Desde la noticia, ha empezado la cuenta atrás.
¿Cuánto tiempo habrá aún para él? Sé que ya no hace lecturas ni dirige teatro. Sus caminatas son menos regulares y sus modorras más largas. Quienes le rodean no le oyen ya recitar la lista de sus deseos y él se siente algo agotado. No sabe, nunca se sabe. Sin embargo, me acostumbro a la idea de su ausencia. Me he hecho a la idea de su partida, que está cerca y, desde ayer, es algo casi sin interés. Porque, es verdad, yo me iré antes.

Soy como los insectos que huelen un ciclón con varios días de adelanto. Papá se reía, cuando yo era pequeño, de la importancia que yo le daba a mi olfato. Olisqueaba una cucharada antes de llevármela a la boca, me servía un vaso después de haber pegado la botella debajo de la nariz y me negaba a darle un beso a algunos de sus amigos, seleccionados según el olor.

Estos últimos tiempos, mi padre apesta a muerte. Sin tener noticias suyas y a distancia, siento cómo baja la luz, cómo el espacio se estrecha en torno a él. Le veo menguado cuando evoco su recuerdo, pero no oiré la llamada de mi hermano, que me habría confirmado seguramente en el próximo año lo que yo ya habría sabido. Dentro de poco, podría haber pasado a saludarle. Me habría encontrado distante y yo no habría querido decirle que me endurecía para anticipar su desaparición, porque el camino que le queda es un atajo que no está seguro de tomar, mientras que yo ya estoy al otro lado.
No me dará tiempo a llorarle.
He abierto la puerta y me he adentrado varios pasos en la sala.
Están todos aquí.
No oigo bien. Tengo los músculos de las piernas destrozados. Ando sobre tijeras abiertas. Ya no conozco a esta gente. Silban la melodía de la empresa feliz. Yo desafino.
Nunca he sabido cantar. Me abstengo.

Las once y diez.
François grita «¡No hagas tonterías!». O «¡No me dejes!». No sé. No oigo nada.
La ventana es fácil de abrir.

Traducción de Bruno Rogero San José